\ Escrito el 11/10/2020 \ por \ en Artículos, Destacados, Sin categoría \ con 331 Visitas

A diez grados bajo cero: Las cartas de Estocolmo

Por: Ignacia Aránguiz Oro.- Ni el modelo nórdico de Estado Benefactor, ni las fotos colgadas del rey han querido hacerse cargo del ensordecedor ruido de las tripas extranjeras que inunda la capital de Escandinavia.

  1. Mil calles oscuras: los rumanos

Aquel día la calle tenía pozas de agua, y las tiendas se plasmaban en el reflejo.

“No te pongas mal, ese es su trabajo. Ellos tienen un jefe que les paga por hacer eso”, dijo con seriedad Gerardo, mi padre. Él, entre tantas otras personas, es inmigrante.

El panorama parece desesperante, pero según me cuenta, vivirlo es aún peor. Por las calles de la capital sueca, y apegados a las vitrinas de marcas de diseñador, se extienden los colchones empapados en que duermen grupos de inmigrantes, principalmente rumanos. Les llaman tiggare, en español: mendigos.

Mientras nos bajábamos de un auto y nos dirigíamos a comer, Gerardo me comentaba que existían programas de la Unión Europea que protegían a estos grupos. Tienen tres meses para buscar ayuda. Sin embargo, el destino pareciera ser peor que en su país de origen.

“Llegan en situación de crisis, por lo general económica y política”, me dijo.

Eran alrededor de las 4:00 p.m.  y el cielo estaba más oscuro que nunca.

Entonces, a medida que los trabajadores salían de sus oficinas calefaccionadas y se alineaban camino a sus bicicletas para terminar la jornada, el frío, que se había mantenido en -10° Celsius durante la semana, calaba hondo en el pecho.

Di cuenta del contraste más ingrato que alguna vez presencié: a mi derecha, miradas frías con abrigos caros caminando con la cabeza en alto. A mi izquierda, la desolada realidad de inmigrantes que, vistiendo sus chaquetas donadas, buscan en la basura las latas desechadas por los suecos que, con indiferencia, se sacuden junto a sus colchones los zapatos para entrar a las tiendas.

  1. Un metro vacío: los refugiados

Llovía en la capital el domingo en que vi, luego de mucho tiempo, a Annely.

Nos habíamos juntado en T-Centralen, la estación de metro en que se concentran personas de todos los rincones de Suecia y países vecinos.

Tomamos el tren esquivando las miradas extrañas que atraían nuestras voces chilenas, que sonaban alto por el eco de la estación.

“Esta línea la tomo todos los días a mi casa. Aunque nadie lo hace después de las 11:00 p.m.  porque se llena de árabes, es peligroso”, me dijo Anne.

A nuestra espalda, apoyado en uno de los fierros de mano del tunnelbana -nombre que recibe el metro de Estocolmo- un joven de vestimenta muy característica  hablaba con quien parecía ser su amigo.

Mientras nos bajábamos del vagón, Anne me aclaró la discriminación que los refugiados vivían allí.  Escuché de las no-go zones, el hacinamiento, la delincuencia en los suburbios de Gotemburgo, segunda ciudad más grande de Suecia en donde el Estado ejerce planes de refugio.

“Les dicen suecos no étnicos, son cabros de nuestra edad que están alejadísimos del sistema. Se visten todos iguales, andan en el mismo tipo de autos, viven en los suburbios”, terminó.

Suecia es el único país de la Unión Europea en abrir sus puertas a refugiados de guerra. Una vez que llegan al país, el Estado se hace cargo de otorgarles casa, comida y un sueldo, hasta que reciban la ciudadanía.

Ese día me devolví a mi casa en la misma línea de metro. Miré por la ventana la lluvia y la panorámica desolación que nadie te menciona del paraíso democrático escandinavo.

  1. Un plato de comida: raíces latinas

Esa tarde habían anunciado nieve, pero el suelo aún no se congelaba.

Caminamos por una de las calles más próximas a casa en mi penúltimo día de viaje, iba acompañada de Norma , mi madrastra, quien migró de Perú hace treinta años.

Nos sacudimos los zapatos y entramos a la tienda de alimentos en el centro comercial más cercano. Deambulé sin saber qué hacer mientras ella sacaba verduras y frutas, hasta que algo que escuché llamó mi atención:

“Tienes que sacar sólo un paquete de papas, Camila”, dijo una mujer de aproximadamente 40 años, tenía acento chileno.

Recordé lo que Norma me había contado en el camino. En Suecia a los latinos les llaman blackheads, la población se identifica –por obligación- con la inferioridad que supone ser extranjero, tener piel morena, cabellos negros.

Miré a Norma, que dentro de su arraigada identidad latina, le daba paso a un anciano de cabeza rubia que la miró de pies a cabeza, mientras se adelantaba a pasar a la fila de la caja.

Al día siguiente, una vez en el avión, dejé de presenciar el frívolo juego de cartas del que se enorgullece el sistema nórdico establecido en Estocolmo.