\ Escrito el 13/09/2018 \ por \ en Artículos, Destacados \ con 861 Visitas

Con la Junaeb… no alcanza !

Por Sofía Delgado M.- Durante siete días hice lo que intenté durante años. La vida saludable es más que comer sano y hacer ejercicio: se requiere de autocontrol y de disciplina, pero además, se necesita dinero. Las nuevas restricciones de la llamada beca de alimentación, me llevaron a explorarla y determinar si ésta logra cubrir los gastos necesarios de un estudiante.

La hora de almuerzo toda una odisea. Por D.D.

“¿Te llegó el Espíritu Santo?” … fue el primer comentario que recibí. La impresión de Felipe, mí cuñado, al verme comer ensalada provocó todo tipo de bromas en el almuerzo, y muchas más cuando rechacé el helado por una manzana. Sorpresa reflejó también el rostro de mi padre cuando en la tarde me vio tomando once temprano y comiendo un simple pan con jamón.
Llevar una vida sana es un desafío totalmente personal. Sin embargo, también busco probar lo difícil que es ser estudiante y comer los alimentos adecuados con el poco dinero que entrega el Estado en la beca Junaeb. Los 32 mil pesos mensuales por lo general me sirven para sobrevivir un mes, pero esta vez no creo que lo logre.
Me guío por las restricciones del año siguiente: solo alimentos con dos sellos y los llamados menús nutricionales de los locales de comida. Tras los siete días espero ver que tan efectiva será la medida propuesta por el Ministerio de Educación.
La alimentación es solo el primer paso
Cada segundo martes del mes voy al supermercado para realizar las compras de la semana… Camino por mi pasillo favorito, el de la colación; busco alimentos que tengan la menor cantidad de sellos y lo primero que veo son las galletas de soda con un etiquetado de “alto en calorías”. Desde ahí en adelante adivino que será difícil.
Solo llevo seis cosas. Miro la boleta y mi cara lo dice todo: es muy caro. En ese instante, me empiezo a despedir de mi saldo de agosto. Sólo llevo una compra y ya imagino los gastos que tendré que hacer.

El primer día me recuerdo a mí misma constantemente lo que no puedo comer; veo con ansias el Chocapic de mi hermana y procedo a comer pan pita. En el almuerzo no hay diferencia, la ensalada se presenta ante mí en un plato pequeño, una cantidad proporcional de apio con tomate es mi mayor desafío. Mi madre sonríe feliz ante la imagen.
Lo siguiente que hago es ejercicio; elijo una rutina de cardio en una página web. Decido entrenar en la casa para probar que no es necesario inscribirse en un gimnasio para estar en forma. Termino mis treinta minutos de rutina y recuerdo el por qué siempre odié la educación física en el colegio.
Para finalizar, tomo una once similar al desayuno, incluyo lácteos y frutas para seguir con lo sano. “Creo que te vas a morir de hambre” me dice Dania mientras procede a comer su pan con queso. A la noche intento dormir las ocho horas recomendadas….en medio de la semana nunca paso de las seis.
Los siguientes dos días sigo la rutina. Desayuno antes de las diez de la mañana, tomo un refrigerio a las once am para luego almorzar. Por la tarde es lo mismo hasta la once. Se trata de la última comida. Mis horarios de ejercicio varían según las clases de la universidad: hay momentos en que el cansancio me llama a saltarme el entrenamiento, sin embargo me obligo a realizarlo.
Frustraciones
El viernes ya soy capaz de percibir a distancia la comida que tengo prohibida ingerir… Camino por la calle guiada por el olor de la pizza y las papas fritas de un local de comida rápida…en mi mente aparece la etiqueta “alta en calorías” . Evito salir el tiempo restante, pero la tentación es grande.
A mitad de semana empiezo a sentirme enojada. Vuelvo al supermercado para comprar cosas faltantes. Con esta última compra comienzo a sacar la cuenta,

hasta el momento sé que he gastado casi toda la carga mensual de la tarjeta. Salgo del lugar pensando en cómo espera el Estado que los estudiantes lleven una vida saludable con la cantidad de dinero que facilita.
Mis pensamientos giran en torno a una premisa: “me voy a morir de hambre el próximo año”. No quiero ni mirar la boleta, la tiro en la mochila y espero no verla hasta que termine el reportaje. He desembolsado al menos veinte mil pesos.
Las tentaciones me persiguen
Cuando inicié este desafío sabía que hacer ejercicio era obligatorio, pero mientras me preparo para iniciar mi cuarto día sé que mañana el dolor será inevitable. Las primeras jornadas fueron predecibles, mi estado físico no era el mejor. La tentación de no hacer deporte se volvió mi lucha continua, por otro lado el olor a comida en la casa también me vuelve loca.
Mi seducción aparece el sábado: mi amiga Nicole celebraba su cumpleaños. Como sólo un poco de pastel y de pan árabe. “¿Quieres un pedazo de pizza o un trago?”, me preguntan sus amigos, pero rechazo amablemente la propuesta y sólo acepto jugo por el resto de la noche.
Pasteles, sopaipillas y pizzas. Todas pasan por mi casa en los últimos días de la semana…en mi familia nadie empatiza conmigo. El martes soy consciente de que a la noche podré volver a comer lo que quiera. Hago el ejercicio con más ganas, pero impaciente por terminar. A la medianoche simplemente me engullo de una mordida un trozo de chocolate…quedo enferma por las próximas horas.
Estoy mentalmente cansada, al principio pensé que este desafío no sería un experimento social. No obstante, al terminarlo, me doy cuenta de que en parte sí lo fue. La gente aprueba cuando te ve no consumiendo comida chatarra. Pero es más difícil de lo que se cree, requiere de una gran cantidad de autocontrol y de constancia, especialmente si te rodeas de gente que no se preocupa de lo que come.
No soy una adicta a las calorías, pero si las controlo. Me preocupa el dinero y pienso que para llevar una vida saludable no me alcanzará con la beca, me cuestiono cómo la gente puede alimentarse con ese dinero. Sin duda, se trata de una decisión drástica que acarreará problemas en el futuro.

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