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\ Escrito el 14/04/2018 \ por \ en Artículos, Destacados \ con 642 Visitas

El hombre que regateó a la muerte

Por Joaquín Torres Tagle.- Una metralleta en el pecho fue la única advertencia que recibió. Meses después, de forma esperable, era detenido político. Hasta el día de hoy Carlos Lorca cree que una inocua charla de fútbol ayudó para no terminar siendo un desaparecido más de la larga lista que posee el país.

Siglo XXI
A un ritmo constante, cada dos o tres minutos, el guardia debe oprimir el interruptor que abre la puerta al condominio Alto Belloto. La entrada es blanca, solo para transeúntes, y está interrumpida por murallas de un tono amarillo suave. El camino es todo pavimentado, abundante pasto y jardines se exhiben como presentación del lugar.
Carlos pasa toda su jornada sentado dentro de su caseta, de cuatro por cuatro metros aproximadamente, cuenta con una silla de colegio con cojines que no alcanza para ser cómoda, una mesa del mismo estilo, una televisión de 16 pulgadas que muestra las diversas cámaras que custodian el perímetro del lugar, baño, radio, y amplias ventanas. Desde allí relata su historia.
El conserje
“Jugué toda mi vida, nací el ‘44, y hasta hace poco en los 2000 seguía jugando” dice con una sonrisa en la cara el portero del condominio.
Originario del cerro La Merced de la Ciudad Puerto, exhibe en sus brazos dos viejos tatuajes, una mujer desnuda en uno y una rosa roja en el otro. De un metro 65, canoso, cojea al caminar con su pierna derecha.
“Me rompí los meniscos cuando tenía 30, en mi mejor momento, en un partido tiré una chilena y caí mal. Después en el tercer tiempo uno de mis compañeros que estaba curado se cayó encima mío en esa misma rodilla” agrega con pena mientras se mira la pierna malograda.
En medio de la conversación, Jaime, otro de los guardias del condominio, se acerca a hablar sobre los partidos de la selección venideros, y agrega “Carlos solo habla de fútbol, es wanderino pero sabe mucho”.
Luego, empieza a nombrar todos los clubes en los que jugó, siendo el principal “el Pajonal”, como le dice con cariño Lorca al Juventud Pajonal del cerro La Merced, que existe hasta hoy. Mientras relata y recuerda las múltiples camisetas que vistió, el rostro se le ilumina y una sonrisa inmediata se toma su cara normalmente seria, como añorando esos tiempos en donde era el amo y señor del área, un “nueve” letal, a pesar de su bajo porte para tal posición.
Nacido en una familia humilde y numerosa, como era la tónica de la época por demás, fue el tercero entre ocho hermanos, cuestión que lo obligó a trabajar desde temprana edad. A los 16 ya se ganaba la vida en una tienda de muebles, en la que laboró por varios años, llegando a aprender a manejar todas las máquinas disponibles para la elaboración de los enseres.
Los ‘70
Un joven Carlos, ya hombre de familia, se retira desanimado después de una fallida entrevista de trabajo y se va junto a un amigo a un conocido bar de Valparaíso. Allí sucede lo improbable: el dueño del lugar, al que también conoce, le ofrece entre tragos un puesto de trabajo en la fábrica de Coca Cola ubicada por ese entonces en pleno centro de la Joya del Pacífico.
Eso sí, la oferta de empleo venía con una condición: debía afiliarse al Partido Comunista para ingresar. Necesitado de dinero, y sin jamás haber militado en organización alguna, a Carlos Lorca no le quedó otra que firmar.
La situación en el país era compleja, corría 1972 y muchas empresas, entre las que estaba Coca Cola, eran controladas por la Unidad Popular.
“Para el golpe íbamos saliendo de la fábrica, y nos encontramos con todas las calles cerradas, y yo siempre he sido levantao pa’ mis cosas así que seguí caminando no más a pesar de las advertencias. Ahí un marino se me acerca y me pone la metralleta en el pecho y me dice — Dai’ un paso más y te mato weón — “Ahí me chupé y me fui por otra parte” cierra Carlos.

Despedida
“Fue en diciembre del ‘73, cuando me soltaron; faltaban una o dos semanas para Navidad – Carlos se acomoda en su asiento antes de proseguir – Uno de mis superiores me avisó que los militares me andaban buscando. Me llevaron en un auto particular al cuartel de carabineros, y después, con la cabeza tapada, hasta el Cerro Artillería”.
Encerrado en una celda sin ninguna comodidad, sin poder dormir por las noches por el constante movimiento y golpes de puertas de hierro, el escenario estaba lejos de ser el óptimo.
“Me interrogaron muchas veces, me insultaban a mí y a mi familia, hasta una mujer me interrogó y me trató mal, eso me dolió mucho – expresa cabizbajo – Nos hacían trotar en el patio, que es así como esto (en referencia a la entrada del condominio), con pasto, rejas, muros, pero con la vista del mar. Una ametralladora nos apuntaba y seguía durante todo el ejercicio”.
“En una ocasión me sacaron a mí solo de la celda, cuando siempre nos sacaban en grupo. Me llevaron al patio y me dijeron que me parara de espalda a una muralla. Me ordenaron que me levantara un poco la capucha y me aprendiera el número que tenía en la ropa. Después me pusieron la capucha de nuevo. Ahí yo me despedí del mundo, dije hasta aquí no más llegué, uno qué más va a pensar en esa situación” relata con apenas un hilo de voz Lorca.
“Al final escuché un flash y me devolvieron a la celda. Todo había sido para sacarme una foto”. Ya casi sin ánimos, el guardia cuenta que en uno de los interrogatorios, uno de los inquisidores le dijo que lo conocía, que habían limpiado botellas juntos en la fábrica, y que él hablaba solo de fútbol.
La artrosis que afecta en su vejez a su pierna izquierda, quizás no le permita seguir trabajando por muchos años más. Lorca lo sabe, pero acepta con tranquilidad el porvenir. Su gran cantidad de historias, y una larga vida, parecen tenerlo satisfecho.

 

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