\ Escrito el 10/05/2019 \ por \ en Artículos, Destacados \ con 316 Visitas

En Graneros, los hombres también educan…

Por Vicente Rodríguez.- Inmerso en una generación que se ha propuesto romper cada una de las barreras que hacen de esta sociedad más sexista, decidí convertirme en educador de párvulos por una jornada y conocer una profesión dominada por las mujeres.
Son las 9 de la mañana y en la sala cuna “Mi Pequeña Locomotora” de Fundación Integra hay un aforo de 17 niños, cuya edad oscila entre los once meses y los dos años. “No dejarlos solos en ningún momento, lavarse las manos constantemente y evitar el peligro”, son las tres reglas claves que me señala la tía Cindy al ingresar.
El desafío era tremendo, pues por el rango etario de los pequeños el margen de error no existe, y esa es una de las cosas que aprendí hace poco más de un año, cuando nacieron mis hermanas Ema y Alma. Lo interesante era aplicar eso mismo en bebés desconocidos, con los que no tenía un lazo afectivo (hasta ahí) y, mucho peor, nunca habían tenido un tío de jardín.

Presentación

Con un delantal azul marino de rayas rosadas, pantalones celestes y zapatillas negras, me acerqué tímidamente a los bebés que eran sentados uno tras uno en la mesa principal para realizar una actividad de pintura. Lo primero que se me ocurrió fue hacer contacto visual con ellos/as y sonreírles.
Mi primer objetivo era obtener una tierna risa de vuelta y lo conseguí. Sin embargo, lo que vino después me dejó sin respuesta alguna. “¡Papá!”, exclamó Ashley, una pequeña de pelo rizado y ojos color pardo. Era el único hombre de la sala, por lo que me sentí aludido. Solo atiné a acomodarla en su silla y acercarle la tempera.
Sin duda, a mis 20 años no esperaba experimentar esa sensación, ni menos proveniente de alguien que conocía hace apenas diez minutos.
Sentimiento de inoperancia
Una vez finalizado el ‘‘Periodo Recrearte” tocaba llevar a los niños a jugar al patio, mientras en la cocina preparaban las colaciones. Solo una de las tías y yo a cargo de los 17 lactantes. Ante la expertiz de la educadora era casi imposible no sentirme inútil. Pese a ello, cuando los menores empezaron a dar “problemas” asomó el instinto maternal que todos llevamos dentro, pero que poco se expresa por las limitantes y los cuestionamientos existentes en nuestra sociedad.
Mi principal tarea era velar por la seguridad de todos los chicos, evitando peleas que se producen por juguetes fundamentalmente, y alguna caída brusca. Menos de la mitad sabía caminar, por lo que había que estar muy atento y tomar en brazos al que lo necesitara. “Aquí hay que ser verdaderos pulpos”, me comenta la tía Jany tras darse cuenta de mi evidente dificultad para tomar a uno sin que el otro cayera en llanto.

Más que un simple almuerzo

Cuando terminó el turno de los más pequeños, me designaron a mí para darles la comida a los demás. Otra tarea compleja, pero que ya había ensayado en casa, de manera que fui con un poco más de confianza. Acá la cosa se ponía seria, debido
Los hombres…/3
a que muchos de esos niños son de escasos recursos y las comidas del jardín son su único sustento alimenticio.
En mi primer intento fallé, ya que a Ashley no le gustó el menú y me rechazó la mitad del plato. Sin embargo, y como una especie de revancha, me cambié de puesto y ayudé a Agustina, quien me enalteció comiéndose absolutamente todo con muchas ganas. Ella no estaba dispuesta a desperdiciar su porción.
Lavado de cara, manos y a jugar nuevamente, a la espera de que las tías mudaran a cada uno de los bebés.
Prejuicios
Mientras intentaba mantener tranquilos a los chicos, una de las educadoras me preguntó si iba a mudar, a lo que asentí con una pizca de desconfianza, pues nunca lo había hecho antes. Luego de darle una vuelta a la breve conversación, noté que su interrogante apuntaba más allá. “Vas con tu hermana Ema, para evitar cualquier tipo de problemas”, cerró.
Esto último me generó bastante ruido. Mucha gente asocia erróneamente que un educador de párvulos podría llegar a incurrir en un abuso sexual, y
esta medida de la tía Laura no hizo más que confirmar lo verídico de este relato. ¿En serio existe tal nivel de recelo por el solo hecho de ser hombre?, pensé.
Uno de estos tabúes explican que en Fundación Integra entre 4.206 educadoras de párvulos, considerando jardines infantiles y salas cuna, haya solo un hombre cumpliendo con esta noble labor.
Final lleno de gratificación
Luego de lavar, cambiar el pañal, secar y desinfectar el mudador por primera vez en mi incipiente jornada como tío Vicente, me quedé conversando silenciosamente con las tías mientras hacían dormir a los 17 niños y niñas. Solo quedaba una, Ashley, quien era de las más inquietas y a la que más costaba hacer dormir.
-¿Quieres que te haga dormir él?, le preguntó la tía Cindy.
-Sí, respondió la pequeña de pelo rizado mientras se acercaba a mí.
Me abrazó con fuerza, la tomé y a los cinco minutos estaba dormida entre mis brazos. “Ella siempre busca una figura paterna”, me confiesan mientras la acuesto en su cama. Mi tarea había concluido.
Pese al inicio tedioso en el que intenté agilizar el reloj varias veces, la sonrisa e inocencia de los pequeños hizo todo más grato y llevadero. No hay dudas de que la vocación es indispensable para dedicarse a esto. Sin embargo, no tiene género definido. Los hombres también educan, y si queremos estrechar diferencias entre sexo masculino y femenino es importante comenzar desde la base formativa: los jardines infantiles.