\ Escrito el 10/09/2018 \ por \ en Artículos, Destacados \ con 664 Visitas

La desolada tercera edad

Por Maira Campos.- “María Olga” es el nombre de un hogar de ancianos ubicado en Playa Ancha. Rosa, la dueña, admite que estar a cargo es todo un desafío. Ella muchas veces no puede salir con su familia, porque la cuidadora de turno se ausentó, ya que le toca control a un paciente o, peor aún, porque un abuelo está a punto de morir.

Admite que fue malo en el pasado, pero actualmente gracias al camino del señor, obra con el bien. Autoría:  M.C.V

Hace siete años nació el hogar. En ese entonces había 20 adultos mayores a cargo de Rosa. En la actualidad hay 16 pacientes, de los cuales sólo  tres cuentan con visitas. “El desinterés no es solo por parte de los familiares, también lo es de la salud pública. Los tienen igual de abandonados”.

Tres trabajadoras son las encargadas de cuidar a los ancianos: Rachel, María y Rosa. Además también existen visitas de médicos y enfermeros, “aunque casi nunca respetan las citas, y faltan cuando quieren”.

Cuidadores amigos

Rachel lleva seis años trabajando en “María Olga”, años atrás se desempeñó en el mismo rubro, solo que en un hogar en Viña del Mar. Su percepción de ambos lugares es la misma: “A nadie le importan los adultos mayores, ni a la salud pública, ni a su propia familia”.

Trabaja cinco días a la semana, desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la noche, sin embargo casi nunca cumple su horario, muchas veces sale más tarde de lo acordado debido a urgencias. “Siempre pasa algo”, admite con cansancio.

El trabajo es difícil, tanto en lo físico como en lo emocional. Tantos años junto a los abuelos hace que se formen lazos de amistad o incluso de familia. Rachel asegura que pese a que la mayoría del tiempo los pacientes se portan mal, ella los quiere.

A veces el ambiente dentro del hogar es hostil, los pacientes se insultan entre sí. “Tienen mucho resentimiento dentro, y no los culpo, su familia los abandona aquí. Hay días donde todo ese sentimiento amargo lo descargan insultándose entre ellos mismos o incluso en nosotras”.

Pese a que las familias firman acuerdos de visitas y se comprometan a entregar algunos útiles de aseo, en la práctica ninguna cumple.  “Da rabia ¿para qué les prometen  venir si no lo hacen? Ni si quiera llaman a sus propios padres o abuelos”.

Jaime: uno de los más cuerdos, uno de los más odiados.

Le falta una pierna, la diabetes se la quitó. A pesar de ser uno de los pacientes que no sufre de demencia, tiene problemas para hablar. Perdió gran parte de la movilidad de su boca, por lo que solo se entiende una que otra frase.

Mientras conversamos pasa Carlos por atrás. “Viejo saco weas” dice en voz baja. Pero tanto Jaime como yo escuchamos el insulto. “Me tiene mala y no sé por qué, pero yo igual rezo por todos acá, aunque  les caiga mal”.Cuenta que todos sus hermanos viven en Pacífico, a dos cuadras de donde se encuentra el hogar. Ninguno ha ido a visitarlo en los seis años que lleva ahí.

Jaime asegura que le gusta leer, que es aficionado a Neruda, a Gabriela Mistral, y a la historia de Chile. “Me gusta mucho el partido de izquierda, aunque yo no soy comunista”. Estudió hasta cuarto año medio, dio la prueba de aptitud y obtuvo un alto puntaje, sin embargo eran siete hermanos, y el dinero no alcanzaba.

Tiene tres hijas con su ex esposa, pero ninguna viene a visitarlo. Rachel dice que tiene problemas con ellas, era agresivo cuando joven, sin embargo “no somos quien para juzgar, en la vida todo se devuelve”.

La rutina

La mayoría de los pacientes sufren demencia debido a su avanzada edad Autoría:  M.C.V

A las 13:30  todos almuerzan  y luego de eso, pasan la tarde viendo televisión en la sala común. El programa por excelencia es “La Jueza”. Algunos van a su habitación a descansar o leer, no a todos les gusta ver tele. “Las tardes son iguales, tranquilas y lentas, no hay mucho que hacer”.Los días son prácticamente lo mismo. La jornada de la mañana es la más difícil. Se inicia con levantar a los pacientes, algunos despiertan a las ocho horas, mientras otros a las 9:30. Lo siguiente es mudar, bañar y vestir a cada adulto mayor. Los olores son fuertes, pero para Rachel pasan desapercibidos, seis años haciendo lo mismo ya la hizo inmune. A las diez de la mañana todos en el hogar han tomado desayuno. En este horario es cuando, tanto abuelos como cuidadoras, están más activos.

A eso de las 19, la mayoría pide ir a la cama. Algunos pacientes toman pastillas para dormir, por lo que a las nueve de la noche el silencio reina en el hogar. Todos duermen, menos Rachel. Debe estar atenta, siempre puede ocurrir una emergencia.

Solo en desgracia

Guillermo es un paciente postrado, su situación médica es la más complicada. Llegó al hogar hace seis años, no tiene familia. Jamás se casó, y tampoco tuvo hijos. Según los registros del hogar, su apoderado era un amigo que firmó los papeles para poder acogerlo, pero nunca más volvió a aparecer.

Al inicio solo tenía diabetes e hipertensión. Con el tiempo, le declararon cáncer a la próstata que terminó ramificándose a los huesos. Hasta el momento ha perdido dos partes de la columna y la pierna derecha. La última vez que cayó hospitalizado le diagnosticaron fibrosis pulmonar. Su riñón solo funciona un 25% y su corazón es demasiado grande para él.

El miércoles debía ir la doctora a visitarlo; tenía una hora acordada hace más de un mes de anticipación, sin embargo durante todo el día jamás llegó.. “En la salud pública no están ni ahí con los abuelos, no respetan las horas acordadas de atención. A veces llaman preguntando por pacientes que ya murieron hace meses.”

Guillermo lleva en esta complicada situación dos años, “solo sigue vivo porque el corazón aún late” a veces se encuentra mejor y puede hablar un poco, otras veces solo duerme todo el día. Si llega a morir, Rosa debe hacerse cargo de su entierro ya que no tiene familiares. No sería la primera vez que van solo ella y el cuerpo al cementerio.

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Los adultos mayores en Chile no son prioridad, ni si quiera son importantes para sus familias, aunque existan excepciones. Los Hogares de ancianos reflejan esta cruel realidad. El abandono y desinterés son las principales evidencias.

La población de la tercera edad va en crecimiento. Sin embargo, pese a este aumento, el panorama no muestra intenciones de cambiar.