\ Escrito el 23/04/2018 \ por \ en Artículos, Destacados \ con 1056 Visitas

Los pobres siempre serán pobres

Por Paola Toledo.- Después de vivir una vida entera en la punta del cerro, rodeados de polvo, llegan a parar acá. El Cementerio N°3 de Playa Ancha. El piso del nuevo barrio también es de tierra, pero tiene vista al mar eso sí.
Este camposanto, como todo en este mundo, está claramente dividido por clases sociales. En la entrada, pavimentada y con las callecitas bien señalizadas, descansa plácidamente la gente con más dinero. Mausoleos preciosos, lustrosos y con el nombre de la familia en alto, escrito con letra barroca.
Por otro lado, la clase media habita en pequeños departamentitos, volviéndose la imagen icónica del cementerio. Pero lamentablemente, nadie piensa en los del último piso. En su mayoría, se encuentran sin colores, sin recuerdos, sin visitas y sin flores. Sus deudos están más ocupados trabajando que llorando su pérdida.
Esta parte siempre me recuerda un cuento que leí en el colegio. En él se narraba la historia de amor entre una mujer y su marido, perseguido político. Ellos se veían a escondidas en este cementerio y se besaban entre estos mismos corredores que hoy visitan principalmente personas mayores. Viejecitas que la amargura de los años le ha hecho tener la cara tan ácida que uno no sabe si son de verdad o te están penando.
Detrás de todo esto, y llegando nuevamente a la punta del cerro, se encuentra el sector popular, los pobres. Aquí, en tierra de nadie y sin regulación, descansan hacinados, los restos de aquellos que no pudieron pagar en vida un lugar donde caerse muertos. Pisándose los unos a los otros, hasta los animales llegan a morir aquí.
Las delicadas y realistas esculturas, aquí se reemplazan por la creatividad de los familiares que decoran hasta el cansancio el lugarcito que le toca a su finado. Los arbustos bien podados y de
un verde brillante, dan paso a un pasto que más parece maleza, acunando asientitos de madera y palos parados donde se cuelgan los adornos.
Es común ver familias enteras visitando a sus caídos los domingos a media tarde. El lugar se llena de remolinos de colores, peluches, retratos e incluso cartas. Los abuelitos se sientan en banquitas dispuestas al frente de la tumba a contemplar lo que próximamente será su lugar. Los niños, que hoy en día hacen lo que quieren, corretean sin respeto entre los sepulcros mientras sus jóvenes padres se preguntan cómo sería su vida sin hijos. Todo esto como previa al partido de wanderito, infaltable.
En la cima, está Emile Dubois, el Robin Hood del puerto. Observando en silencio desde su cenotafio las contradicciones del Valparaíso de hoy. Ciudad patrimonio de la humanidad que se quema de a poco como una hormiga bajo la lupa. Imagen postal al mundo, con curados tirados en las calles, meados y abrazados a algún perro gordo de compañía. Incluso el mismo cementerio, donde conviven los ricos de hoy con los pobres de siempre.
Porque no importa cuántos celulares último modelo hayan sacado en 40 millones de cuotas, cuantas antenas de cable hayan colgado en la fachada de sus casas pareadas o mediaguas ni cuantas zapatillas de marca hayan lucido ante sus amigos. Cuando al fin llega el descanso eterno, los pobres siempre serán pobres. Pobres pero honrados, casi siempre.