\ Escrito el 23/04/2018 \ por \ en Artículos, Destacados \ con 1120 Visitas

Ni muertos somos iguales

Por Daniela Silva Valdivia.- El Cementerio N°3 ubicado en Playa Ancha fue fundado en 1892 con el fin de otorgarle una sepultura digna a los porteños que no tenían la posibilidad de hacerlo, aquellos que los tenían que enterrar en cualquier otro lugar de los cerros, justo al lado de la basura donde brotan las pestes. Daba lo mismo, eran uno más.
Justo a la entrada de éste, donde comienza el fúnebre recorrido, se encuentra una lápida que conmemora sus 120 años que dice que fue “el espacio inicial para los pobres en solemnidad”, esa gente que trabaja toda su vida para quedarse donde mismo y que se va al cajón tal como nació: pobre y menesterosa.
Hasta ahí es todo bonito, el fuerte viento que golpea sus 16 hectáreas vuela el cabello de quien quiera que lo visite, pero no le hace ni cosquillas a los mausoleos que se encuentran en el primer plano del camposanto. Es que estas magníficas estructuras son igual que las casas pudientes, bien arregladas, con mucha parafernalia que denote que hay plata invertida. Así son ellos, antes muertos que sencillos.
Lo mismo pasa con los inmigrantes. Obviamente no estamos hablando de haitianos ni venezolanos, sino que de europeos principalmente. Ellos tienen unas edificaciones que parecen templos, con solo verlas desde afuera se sabe que esos cadáveres están más cómodos que muchos otros extranjeros vivos en nuestro país y que circulan por las calles. La unión italiana, el cuartel alemán y la tumba de Martín Busca – uno de los únicos pobres que le dobló la mano al destino- dan cuenta que por mucho que te digan que a la tumba no te llevas nada, contigo se va mucho, incluido tu estatus.
Subiendo el cerro, donde el calor pega más fuerte, la maleza está crecida y los basureros están con desechos de hace días, se ubican las sepulturas del verdadero Valparaíso. En la tierra, con rejas de madera pagadas con el último bono y una bandera del Colo Colo desteñida, se encuentran los cuerpos de los choros del puerto, los que están enterrados allí porque su casa real también quedaba cerca.

Aquí, el que destaca no es el del sepulcro más grande, sino el que tiene más chispeza aún con el pijama de palo, como el chino Leo, que tiene una foto fumándose un pito y con hojas de marihuana, hecha con Paint e impresa por los amigos en el bazar de la esquina.
Este lado del cementerio es como una población, hasta casas block de dos pisos tiene, donde están los cuerpos uno al lado del otro sin diferenciación. Mientras que los alemanes disponen de un condominio cerrado con pasto verde, estos estos otros muertos están en un lugar igual al de donde vivían: estrecho y sucio. Acá están olvidados por todos, bien lejos para no arruinar la fachada del recinto porque este espacio no está destinado a la visita de gringos con sus cámaras.
Que no nos vengan con que finalmente muertos somos todos iguales, ese es el consuelo de los pobres que ni con el sacrificio de toda una vida logran pagarse una sepultura digna. En esta necrópolis podemos ver que hasta muertos nos clasifican. Al porteño le da lo mismo cómo se vea su tumba, si total, nunca va a ser más linda que la del caballero que tenía su casa estilo europeo en los cerros de la ciudad. Dejen de mentir, la calavera no es ñata.

 

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