\ Escrito el 23/05/2011 \ por \ en Artículos \ con 1453 Visitas

Paisana en piel gitana

Mujeres ataviadas con coloridas faldas y llamativos pañuelos; varones luciendo infinidad de anillos y cadenas de oro. Éstos son los romaníes, zíngaros o gitanos. Distintas denominaciones para un mismo pueblo que día a día recibe los desprecios de todo un país, es más, de todo un planeta. Al más puro estilo de la teleserie Romané, me transformé en gitana por un día, fui víctima de la discriminación, me enfrenté a mis propios prejuicios y dejé un halo de intriga en todos quienes me veían. He aquí mi experiencia.

Por Sandra Rojas.

Apenas puse un pie fuera de Boulevard del Sol, el edificio en donde vive la Nené en Viña, sentí absolutamente todas las miradas sobre mí. Ella, al parecer, estaba pasando por exactamente lo mismo, ya que la escuchaba murmurar avergonzada a mi lado.

Una infinidad de personas iban y venían por la vereda; raudos, ocupados, distraídos y pensando en sus propios quehaceres. Aun así, todos observaban detenidamente a las dos gitanas que caminaban decididas hacia ellos.

Miradas curiosas, que luego se retiraban rápidas, con cierto temor o precaución. Nadie sospechaba que las dos “zíngaras”, como también se les llama, eran en realidad dos estudiantes universitarias disfrazadas, sin intención alguna de dirigirse a ellos. Al menos por el momento.

Minutos antes, mientras nos vestíamos en el departamento de la Nené, dudé por completo que alguien fuese a creer el cuento de que realmente éramos gitanas. Me había comprado una falda en la ropa usada y me conseguí una blusa suelta y de colores, que combiné con unos aros hippientos, unas chalas roñosas y un polerón negro amarrado a la cintura. El broche de oro de la tenida era un tomate en el pelo, bien desarmado, como si hubiese estado batiendo la cabeza por un buen rato.

Pese a que teníamos toda la indumentaria, me seguía sintiendo la persona más normal del mundo. La Nené igual. Ataviada con una serie de ornamentos que también la ayudaban a simular ser romaní, no paraba de decir que nadie sería tan estúpido como para confundirnos. Claro que, más allá de si estábamos conformes o no con nuestro disfraz, ya era hora de salir a las calles y probar si los distraídos transeúntes se tragaban o no la farsa. En el hall del edificio, los conserjes se encontraban todos reunidos. Mientras pasábamos, pude divisar un par de rostros sonriendo divertidos al ver nuestra pinta.

Ya en el exterior, las miradas de la gente nos traspasaban sin piedad. Apenas nos veían, las señoras llevaban rápido sus manos hacia sus carteras, en un instintivo gesto de protección.

No me sorprendió. Siempre se ha sabido la ya marcada reputación de las zíngaras, la cual las define como mujeres que supuestamente engañan, maldicen y roban. No sé si sea sólo un prejuicio o una característica real, sólo debo decir que, repentinamente, me vi transportada a un episodio que me ocurrió hace un par de años.

Verano de 2007 y paseaba junto a una amiga por la Avenida Perú de Viña del Mar. La verdad es que siempre me ha llamado la atención la etnia gitana; su cultura me parece fascinante, su música divertida, y encuentro que la ropa es de los más pintoresca. Es por eso que, cuando aquel día vi a una romaní ahí, en frente de mí ofreciéndome sus servicios de adivina, caí rendida a sus pies y no dudé ni por un instante en decirle que sí. Y claro, como todos se imaginan, luego de una serie de artimañas, oraciones, bendiciones y quién sabe qué más, terminé perdiendo las 10 preciadas luquitas que llevaba en mi cartera. Toda una experiencia que me hace desconfiar, en momentos, de este pueblo que tanto me atrae.

No tengo duda alguna de que situaciones como ésta son las que provocan que la desconfianza al mirarnos sea tan mal disimulada. Ahora estaba yo allí, desde el otro lado de la moneda, enfrentándome a todas esas mujeres que nos observaban asustadas, con cierto recelo en sus ojos. De alguna manera las entendía, yo había pasado por una situación similar y mi experiencia no se la recomiendo a nadie. No obstante, tampoco me parecía adecuado que generalizasen de aquella manera.

Los hombres, por el contrario, eran cuento aparte. Por alguna extraña razón, nos miraban lascivos, como si fuésemos las protagonistas de sus más íntimos sueños eróticos. “¡Gitanilla preciosa!”, gritó un tipo desde dentro de un taller mecánico, mientras avanzábamos rápido por 15 Norte.

Debo confesar que esperaba encontrarme solamente con una multitud de transeúntes molestos por nuestra presencia, es más, iba con la idea de que me discriminarían en demasía. No obstante, jamás me maginé tal grado de popularidad entre los varones. Me sentía tremendamente observada y, para qué negarlo, también piropeada. Quizás lo mío es usar faldas, qué se yo. La cosa es que absolutamente todos los hombres nos miraban como si fuésemos la misma Francisca Imboden interpretando a María Salomé en la teleserie del TVN, Romané.

La ruta: Valparaíso

Todos saben que Viña del Mar es refugio de gitanas y que día a día se pueden ver infinidad de ellas recorriendo las calles de la Ciudad Jardín. Es por ello que luego de mi última experiencia con las romaníes, me daba cierta desconfianza encontrarme con una gitana real allí, en frente de mí nuevamente. De sólo imaginarme su cara al percatarse que estaba fingiendo ser una de ellas, se me pone la piel de gallina. Así que decidí tomar micro hasta Valparaíso y ahí comenzar con nuestra peregrinación. Bien alejadas de ellas.

El desafío ahora era, entonces, conseguir algún micrero amable que aceptase llevar dos lindas gitanas en su locomoción. Dejamos pasar un par de buses, hasta que al fin nos decidimos por uno de la línea 704. Con cero confianza, extendí mi brazo para detener la bendita micro. ¡Bingo! En seguida se detuvo. Jamás pensé que sería tan fácil conseguir un medio de transporte; venía con la idea de que seríamos rechazadas infinidad de veces antes de encontrar algún chofer de buen corazón que se compareciera de estas dos jovencitas.

Una vez en el interior, ocupé todas mis capacidades actorales para preguntar, con un ya practicado acento gitano y sin olvidar utilizar el apelativo “paisano”, cuánto costaba el pasaje. Uno… dos… tres… cuatro y hasta cinco o más segundos pasaron hasta que, finalmente, el chofer cambió la cara de embobado con la que nos miraba y pronunció un casi inaudible “$370”. La Nené rebuscó dentro de su morral y me extendió un billete.

Le pagué al chofer intentando disimular mis nervios y, en el preciso momento en el que me entregó los boletos y el vuelto, comprendí de inmediato porqué el tipo había dejado que nos subiésemos sin ningún problema, y a qué se debía la cara de estúpido con la que nos había mirado durante tanto rato. Al parecer, era otro de los tantos tipos califas que se había flechado con nosotras. Me percaté porque, al pasarme el boleto, el viejo verde rodeó mis manos con las suyas y las dejó así por un buen rato, mientras me miraba libidinoso, con una sonrisa bastante poco agraciada en sus labios.

Rápidamente, y luego de esa desagradable experiencia, me volví en busca de un asiento. Cuál fue mi sorpresa al comprobar que, sin siquiera intentar llamar la atención, siete pares de ojos, o incluso más, nos miraban intrigados desde sus puestos. Todos rogando, supongo, que a ninguna de estas dos gitanas se le ocurriese tomar asiento a su lado. Para su buena suerte nos sentamos juntas.

A mi lado, desde la otra fila de sillas, una señora cambió su cartera de lugar; más allá, un niño volteaba una y otra vez la cabeza observando a las extrañas; su mamá, en cambio, parecía nerviosa, a cada rato miraba por el rabillo del ojo, asustada, como si fuésemos un par de asaltantes a la espera de atacar a nuestra próxima víctima.

A pesar de ello, fue un viaje tranquilo. Todas las personas que abordaban el bus nos miraban, primero sorprendidas, luego curiosas y, finalmente, temerosas en el caso de las mujeres; y lujuriosos, en el de los hombres. En Valparaíso, la cosa no fue para nada distinta. “¡Linda María Jacobé!”, gritaron unos tipos sobre un camión de Coca Cola. Es curioso, pero aparentemente toda la gente relaciona inmediatamente a los gitanos con los personajes de Romané.

Luego de transitar por las calles de Viña del Mar y utilizar el transporte público hasta llegar a Valparaíso, debíamos dirigirnos hacia la Plaza O’Higgins para tener una aproximación más cercana con la gente. Como siempre, el lugar se encontraba repleto de actividad: Escolares esperando micro, ancianos alimentando a las palomas, jubilados jugando Brisca, pololos regaloneando en el pasto, y una innumerable variedad de escenas por aquí y por allá.

Nuestras primeras víctimas fueron dos mujeres que se encontraban sentadas en el pasto. Ambas miraron asustadas cuando me escucharon hablar con mi particular acento, y sus manos se dispararon directo hacia sus carteras. Luego, con una fingida amabilidad que rogaba nos alejásemos, explicaron que no tenían “ni un peso” para nosotras. Claro que aún faltaba la escena estrella de nuestra actuación como romaníes: Leerles la suerte. Luego de nuestras continuas insistencias y hasta súplicas, terminaron negándose molestas a nuestra proposición. Ellas se lo pierden.

Seguimos macheteando y pidiendo ayuda a todos quienes se encontraban en los alrededores, nos obstante, la escena se repetía. De un momento a otro, nadie tenía plata, nadie deseaba conocer su fututo y absolutamente nadie quería seguir disfrutando del apacible sol en la plaza. Sin embargo, más allá había una pareja de jóvenes coqueteando de lo lindo, el amor en el ambiente nos ayudaría, pensamos. Y, claramente, no nos equivocamos.

En un comienzo nos recibieron con las mismas reacciones que todos, primero sorpresa y, a continuación, miedo. Claro que en este caso el chiquillo, mucho más amable que las personas anteriores, rebuscó dentro sus bolsillos y después de unos segundos que se hicieron eternos, nos alcanzó cincuenta pesos lindos y brillantes. Algo es algo, nuestra primera ganancia del día.

Felices de haber recuperado al menos parte de lo gastado en el pasaje desde Viña, nos dispusimos a continuar con nuestra peregrinación. En eso estábamos, cuando escuchamos la voz de un hombre que nos llamaba. Sorprendidas, nos volteamos y nos encontrarnos de sopetón con un vagabundo; su mano extendida nos mostraba algunas monedas que nos llamaban de manera seductora. “Tomen gitanitas, si yo no pico”, nos dijo el veterano. Tenía el pelo más apelmazado que he visto en mi vida y su ropa parecía harapienta y sucia. No obstante, una gitana real jamás rechazaría un ofrecimiento como ese, supuse. Así que con cierto temor, recibí el dinero que me ofrecía, en total eran $150. El hombre nos observaba detenidamente, si bien al principio pensamos que era un buen samaritano que había salido en nuestra ayuda, después nos percatamos que, en realidad, era sólo otro de los tantos varones flechado por nuestra pinta de gitana. Así que pronunciando un solitario “Debla Paisano”, nos alejamos rápido, antes de que el tipo nos saliese con algún otro tipo de proposición, quizás alguna con ribetes un tanto indecorosos.

De tienda en tienda

En toda mi vasta experiencia vitrineando dentro de las grandes tiendas, jamás me he encontrado con una gitana de shopping. Interrogándome acerca de ello, llegué a la conclusión que, definitivamente, era una escena que tenía que recrear dentro de mi experiencia como romaní. Esa sería, entonces, nuestra próxima misión.

La primera tienda a la que entramos fue Ripley. Dos guardias apostados a cada lado de la puerta nos miraron sorprendidos y, en vez de pronunciar el exigido “Bienvenidos a Ripley”, nos recibieron con un extraña clave vía sus Walkie Talkie, “Atención, código 213 en la puerta principal”, murmuraron. Ni puta idea qué significa, pero lo que sí tengo claro es que no fue, para nada, un saludo de bienvenida.

Una vez dentro de la tienda, comenzamos a revisar, estante por estante, todas y cada una las prendas que se asemejaban al estilo gitano. Y obviamente, los otros clientes no paraban de mirarnos; los hombres divertidos, las mujeres asustadas, las abuelitas alarmadas y los niños curiosos. ¡Definitivamente había expresiones para todos los gustos! Entre tantas distracciones, no nos percatamos de una situación alarmante: Un guardia nos había estado siguiendo durante toda nuestra visita.

El tipo nos miraba disimulado, mientras hablaba por su aparato y camina en círculos alrededor de nosotras. Ofendidas, nos retiramos con la clara intención de ingresar a la siguiente tienda. Fallabela, Corona y Fashion Park fueron nuestros próximos destinos. En todas ocurrió exactamente lo mismo. Pronunciaron un extraño código al vernos entrar, luego los clientes nos miraban alarmados y, para colmo de males, un guardia no nos dejaba solas ni a sol ni sombra. Definitivamente, salir de shopping no es el panorama más agradable para los pertenecientes al pueblo gitano.

Se acabó la travesía

Una vez fuera de la tiendas, nuestra intuición nos indicaba que debíamos dirigirnos hacia la Plaza Aníbal Pinto, por lo que continuamos bamboleando las caderas en dirección a nuestro destino. En el intertanto, un tipo en silla de ruedas, ni tonto ni perezoso, le tomó la mano a la Nené y, coqueto, exclamó fuerte una frase de conquista. Frente a tal situación, no pudimos hacer más que reírnos, arriesgando, quizás, perder la compostura gitana.

Más allá, un payaso promocionaba por micrófono los productos de una tienda. ¿Pero qué tendrán las gitanas que atraen tantos a los hombres?, me pregunté en ese momento. Si hasta el circense cayó en nuestras redes y exclamó un piropo más que cliché por el altavoz. Al ver que le sonreíamos, finalizó su discurso con un: “Olvídenme Gitanas, no soy para ustedes”. Un chiste de payaso, definitivamente.

Ya llevábamos en las calles alrededor de cuatro horas, cuando decidimos hacer nuestro último intento de leerle la fortuna a algún paisano. Ya instaladas en plena Plaza Aníbal Pinto, me acerqué a la primera joven con cara de buena persona que se divisaba entre el gentío. Me senté a su lado y con mi mejor acento gitano le ofrecí mi servicio. Para nuestra sorpresa, aceptó encantada.

Luego de tantas respuestas negativas, una persona dispuesta a recibir nuestra oferta esotérica era, realmente, una ayuda. No cabía gozo dentro de mí, por lo que leí en su mano un futuro repleto de amor, dinero, amistad y suerte. La joven sólo reía un tanto nerviosa ¡Por fin una mujer que no le tuviese miedo a las gitanas!

Mientras me encontraba allí, tomando la mano de la mujer y viendo su provenir, pensé en todas las conclusiones que podía extraer de esta excéntrica travesía. Si bien mi intención siempre fue comprobar el fuerte grado de discriminación hacia este pueblo tan atrayente, finalmente me encontré con una situación bastante compleja. Nómadas, enigmáticos y pintorescos, los gitanos definitivamente no pasan desapercibidos para nadie y generan intriga a su paso. En los hombres provocan atracción, en las mujeres miedo, y tanto en los servicios públicos como privados son rechazados. Todo un abanico de reacciones, frente a una etnia que día a día intenta salir adelante. Fui paisana en piel gitana por un día, y si me preguntan, fue una experiencia extraña, incómoda, pero más que nada halagadora. ¡Nunca me habían piropeado tanto!

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