\ Escrito el 26/04/2019 \ por \ en Artículos, Destacados \ con 426 Visitas

Plaza Victoria: La próxima Mon Laferte

Por Rosirene Clavero.- Más de alguna vez nos hemos encontrado con pintorescos personajes en concurridas calles; sus shows suelen ser tan llamativos que cabe preguntarse ¿será la necesidad? ¿Será la pasión? ¿Qué los habrá llevado a terminar aquí? Es por esto que decidí volverme parte del mundo del espectáculo callejero por un día y revelar lo que se oculta tras este fascinante oficio.

Comienza a sonar la música, es momento de atreverse a cantar, sentir vergüenza a estas alturas ya no es opción: el show debe comenzar. A los pocos minutos de mi burda performance, caballeros y señoras por sobre los 50 años parecen deslumbrarse con lo que están viendo.
Para ellos yo era la viva imagen de alguna de sus ídolas de sus años de juventud. En eso, un señor moreno, estatura media, con lentes de sol y mochila, me dice: “muy bonito, muy bonito, esto sí es música”, mientras suelta una moneda de $100 encima de mi cartulina blanca donde pido propinas.

A lo largo del país son miles los artistas que deben hacer de las calles sus propios escenarios, muchos por la falta de oportunidades y otros tantos por su pasión al arte. Lo cierto es que cada vez es más común ver esta práctica, que, aunque parece ser fácil, tras ella existe una amalgama de habilidades que se deben dominar.

TRAS BAMBALINAS
Antes de empezar, debía conocer ciertos aspectos que los mismos artistas errantes me podían dar sobre lo que significa actuar en las calles. Lo esencial para poder realizar un espectáculo tan rudimentario, es perderle miedo a hacer el ridículo. “Vergüenza tiene que sentir al robar o al mentir, mija”, aconsejaba Héctor (54), guitarrista y cantante de calle Uruguay, Valparaíso. Por otra parte, Lydia (44) aconseja tener en mente que el dinero recaudado compensará la pérdida de dignidad.

Posterior a la investigación, me dirijo a la Escuela de Teatro de la Universidad de Valparaíso, lugar donde me caracterizo de mi personaje: cantante de la Nueva Ola. Labios rojo carmesí, delineado de ojos exagerado, cejas marcadas, aros llamativos, mini de jeans, blusa floreada, pantys amarillas y botas blancas que parecen sacadas de una película del lejano oeste. Rosirene Clavero, estudiante de periodismo, ya no existía.

LA PUESTA EN ESCENA
Al iniciar todo es confuso. La gente no entiende lo que sucede, ven a una jovencita caracterizada como quizá que cosa y yo me pregunto ¿a dónde debo mirar? ¿Cómo controlar el temblor en mi mano al tomar el micrófono? ¿Me vendrán a sacar un parte los carabineros por contaminación acústica? Son muchas las dudas que me rodean, debo respirar hondo y dispersar aquellos pensamientos que no contribuyen con dejar fluir mi inspiración.
La melodía suena entusiasta, y en aquella esquina de Plaza Victoria se escucha

“Como la flor” de la fallecida cantante mexicana, Selena. Comienzo a menearme al son de la canción tal como lo hacía ella en sus videos, no es fácil, pero confío en que me acostumbraré luego de unos minutos.

Ahora llegó el momento donde debo entonar la voz de la diva “Yo sé que tienes un nuevo amor…” empecé cantando con toda la pasión que pude. Sin embargo, mis esfuerzos se vieron opacados al notar que la música del parlante se había apagado repentinamente y que los transeúntes en realidad estaban presenciando una especie de niña predicadora.

Una vez solucionado ese desperfecto técnico y haber superado ese bochornoso momento, retomo las pistas. Hacer el meneito ya no era problema, es más, mientras me movía podía provocar al público con mi mirada, de tal forma que lo invitaba a observar mi show.

LOS GAJES DEL OFICIO
Pude haber pasado toda la tarde sintiéndome una cantante digna de gaviota de platino, pero el caprichoso parlante tenía otros planes para mí. En medio de mi canción estrella, “La gata bajo la lluvia”, mi equipo repentinamente se apaga y nuevamente me veo yo, humillada, con al menos cinco estudiantes ocultando su risa. Tuve que darme cuenta que mi sueño de ser artista se había terminado, la nube en la que flotaba desapareció y me aventé contra el pavimento.

Sin embargo, y a pesar de los inconvenientes, la experiencia fue grata. Pude revivir los años dorados de algunos; alegrarles el día con mi burda presentación. Desde esta perspectiva entendí que estos espectáculos tienen una labor social donde aporta recreación gratuita y se incentiva el arte.

El dinero recaudado fue de $2800 por la hora que duró el show. Monedas de $100 y $500 se veían en mi rústico cartón blanco tirado en el piso con la descripción “aporte voluntario”. Considerando que solo existe una inversión inicial, la del parlante y micrófono, es una buena forma de hacer dinero si uno lo necesita. Nunca se sabe cuándo tendrá la necesidad. Personalmente, me gustaría seguir probando suerte en esta área a pesar de no tener técnica vocal, pero quién sabe, quizá con la práctica llegó a ser la próxima Mon Laferte.

Sin duda, alguien que no siente pasión por el canto, jamás podría hacer este tipo de espectáculo. Quienes se dedican a esto día a día, están constantemente viviendo el sueño de pertenecer al mundo de la fama. No creo que vivir de ello sea un sacrificio, es una aspiración no concretada que a muchos los mantiene con vitalidad.