\ Escrito el 20/08/2018 \ por \ en Artículos, Destacados \ con 753 Visitas

Quisiera ser malabarista

Por Paula Acosta V. El swing es una técnica circense donde se coordina danza y malabares en movimientos circulares, visualmente es muy bella y parecida a disciplinas olímpicas como clavas, cinta o aro en gimnasia rítmica. A pesar de su similitud hay personas que miran en menos el arte callejero sin otra justificación más que el prejuicio hacia las personas que lo practican.

Mis malabares son los banderines, cuando aprendí a usarlos lo hice con la única intención de que se convirtiera en una recreación personal, un juego. Durante las últimas semanas me estuve preguntando porque no había considerado hacer uso de ellos en semáforos, después de todo es algo bastante común en Valparaíso sobretodo en los alrededores de la Plaza Victoria. Obtuve opiniones divididas, algunos señalaban que los malabaristas son territoriales y que no sería tan fácil conseguir una calle, otros decían que eran personas simpáticas (quizás demasiado) abiertas a cualquiera que quisiera practicar con ellos. Yo no entendía nada y ante esta contradicción, la mejor forma de averiguar si había algún orden o coordinación entre estas personas era ir a la vida y esperar lo mejor.

Jugando en el semáforo

Me estuve preparando todo el día, hace años que no tomaba mis banderines y estaba tan oxidada como lo sospechaba, si bien la técnica nunca se olvida, en la fluidez y el ritmo se nota. Este percance me tenía nerviosa, si bien es muy fácil equivocarse o perder el instrumento nadie quiere que le pase esto, menos en su primera vez. Camino a la plaza me sentía como en un funeral, no quería encontrarme con ningún malabarista por el miedo a ser juzgada por mis movimientos que delatarían de inmediato mi poca experiencia. Para mi mala suerte había dos en el semáforo de Pedro Montt con Edwards, precisamente el que quería ocupar.

Eran dos jóvenes no debían tener más de 25 años. Uno llevaba clavas, otro hacia control con pelotas de baby fútbol. ¿Qué les digo? ¿acaso debería pedirles permiso? esperé a que terminara el semáforo y me acerqué:

– ¡Hola! ¿están haciendo malabares?. Que gran pregunta, estoy viendo con mis propios ojos que están ahí lanzando las clavas y pidiendo monedas soy una genio.
– Hola, si amiga ¿quieres ponerte al faro?. Me respondieron mirando las banderas que ya tenía listas, colgando de mis manos, tampoco tenía idea de que le llamaran “hacer faro”.
– ¡Sí! bueno, es la primera vez que lo hago, estoy algo nerviosa.
– ¡Buena! que bacán, la primera vez el corazón siempre se te va a la chucha, tu tranquila este semáforo es medio malo ya que pasan muchas micros y colectivos, pero como te ves muy niñita de seguro te dan más plata.

Ok, son sujetos simpáticos, para la cantidad de ánimo que me dieron no tenía forma de pensar que me juzgarían por equivocarme, aunque no sé como debería sentirme al respecto de estar “beneficiada” por verme de 16 años. Pensaron que tenía esa edad. Fuí con toda esa buena onda al semáforo, ya no estaba nerviosa, ahora iba concentrada y tenía que estarlo, tengo 40 segundos que debo estar contando para realizar mi performance y alcanzar a pasar por mi recompensa. Contar y evitar que se enreden las telas, además de dirigir la mirada hacia los conductores que señalan tener las monedas listas. Segundo 35 y debo correr a las ventanillas, efectivamente los más apretados son de la locomoción colectiva y no los culpo, quizás a cuantos de nosotros han visto durante el día. Apenas si te miran, la mayoría solo asiente, entrega su propina y acelera mientras corro alrededor de los autos para evitar que me atropellen. Pensaba que recoger la plata serìa lo más fácil, pero al ver como se me escapan los conductores con la mano en ventanilla me di cuenta de que tampoco tenía la experticia para abalanzarme sobre el tránsito y salir ilesa en el intento. Por pava perdía un auto por semáforo.

¡Me entusiasmé! y más de la cuenta, llevaba cinco faros seguidos contenta y sonriente hasta que empecé a sentir ese bajón de adrenalina en los brazos en medio de la presentación. Ya no podía levantar los banderines. Paré antes de tiempo ya que sentía como si cargara sacos de plomo en los hombros, elongar todo el día no me iba a salvar de mi pésimo estado físico. Después noté que hacían los semáforos intercalados, sea cual sea la destreza elegida, incluso dos trompetistas dejaban pasar un par de luces verdes antes de tocar de nuevo. Mi poca resistencia apenas me alcanzó para completar una hora malabareando en la plaza, factor determinante al momento de contar lo que había ganado.

Lo más gratificante

Tenía la sensación de que había conseguido poca plata, en un semáforo de dos pistas sacaba $150 pesos en promedio, si es que me daban algo. Sin embargo a la media hora ya llevaba $1.100 pesos, con descansos y distracciones incluidas. Cualquiera pensaría que no es nada pero en mi trabajo part-time me pagan $1.500 por hora sin descontar impuestos ni cotización, podrá tener otro tipo de ventajas, pero no deja de ser un trabajo agotador y deprimente. Por otro lado en casi 6 minutos de semáforo (10 de 40 segundos) tengo asegurados $1.000 pesos solo en una calle de doble carril, en uno de tres carriles puedo hacer hasta $2.000 pesos, fácilmente podría llegar a los $5.000 pesos por hora, conservando algo más de dignidad y salud mental que en el otro trabajo.

¿Por qué pensarían los demás que los malabaristas son flojos que no buscan trabajo o pensar que son delincuentes? No lo considero un trabajo y jamás lo podría considerar como tal, es demasiado agradable para considerarlo una pega, obviamente no cualquiera puede llegar y hacerlo de un día para otro, a pesar de los años que llevo practicando hubo momentos en que la poca experiencia frente a los autos me paso la máquina, pero considerando el cariño y la libertad que uno siente al hacer lo que realmente disfruta, no es de extrañar que alguien prefiera dedicarse a esto antes que a un trabajo establecido.