\ Escrito el 15/09/2014 \ por \ en Artículos, Destacados \ con 1200 Visitas

#Valpo CiudadCrónica: Amor Porteño, Cariño Malo

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Por Christian Le-Cerf L.

Antes de empezar esta crónica, les puedo adelantar dos cosas: Primero, que los Beatles están equivocados, no sólo necesitamos amor. Segundo: ni con el sonido del oleaje se puede aplacar el ensordecedor adiós de un rompimiento. Fue rápido e indoloro en el momento, pero al pasar las horas, y combatir la desazón con un poco de cerveza desvanecida, el desconsuelo empezó a ir en aumento.

Eran las once de la mañana, y lo primero que hice fue revisar mi celular. “Veámonos en el Muelle Barón, a las 8”, salía en el whatsapp que me envió. Nada mal, pensé, ya que me gustaba verla. Llevábamos unos meses juntos, y todo iba de maravillas. Almorcé donde mi abuela ese sábado, lo recuerdo porque para llegar a su casa debo pasar por el centro de Quilpué, el cual, cerca de las dos de la tarde, generalmente tiene un olor a empanada de pino, lo que acentúa el hambre en los transeúntes de Av. Los Carrera.

Al finalizar la comilona familiar, y soportar alguna que otra broma de los parientes, enfilé rumbo al metro para dirigirme a Puerto, y hacer la hora. Siempre me ha llamado la atención el tramo que va desde Miramar a Puerto, por lo que ya es costumbre que me vaya sentado en el costado derecho, hacia la ventana, viendo el mar. El océano siempre me ha inspirado respeto. Es tan vasto, me pregunto qué secretos guardará en sus profundidades, o si los cartógrafos están equivocados, y lo que hay en el horizonte es un mundo totalmente desconocido, al cual nunca llegaremos, porque su extensión no termina jamás.

Asesiné las horas fumando y pensando en el Yugoeslavo, y faltando cuarenta minutos partí rumbo a Barón. Allí me encontré con ella, venía tan guapa como siempre. Era (es, porque aún no ha muerto, sólo la he matado en mis pensamientos) simplemente hermosa. Había un balanceo perfecto en todo su cuerpo: sus senos, sus caderas, sus piernas, todo malditamente bien alineado; Dios (si es que existe) hizo un buen trabajo. Sus ojos almendrados eran lo que más me hipnotizaba, siempre me asestaba una mirada dormilona, convidándome a perderme en la inmensidad de sus pupilas, hasta que atizó el primer golpe con sus palabras, “creo que debemos dejar de vernos como lo estamos haciendo”.

No se sentía cómoda, prefería decírmelo. Se iba a ir lejos, y no sabía si esto podría durar en la distancia. Se fue tan rápido como llegó, dejándome solo, tragando la amargura con el sol escondiéndose detrás de mí, como si él pudiera ponerse en mi situación. Tras quedarme sentado un buen rato, maquinalmente me paré y me puse a caminar sin destino alguno. Llegué indeliberadamente a Cumming, hasta que una voz conocida me hizo entrar en el Lumière. La Flor del Jazmín sonaba en los parlantes, y Briceño me invitaba a descargar mi frustración con una Austral.

Me senté solo y no me fui hasta que me bajé el litro de cerveza. Mientras rellenaba y vaciaba el vaso sucesivamente, mis pensamientos no hacían más que repasar sus palabras, una tras una. De repente me distraigo, veo una cara conocida. Al lado mío había tres hombres, bebiendo y riendo. A uno, que usaba un sombrero, lo había visto días antes, tocando en el Pajarito. No sé si era chileno españolizado, o un español chilenizado, pero su acento ibérico se iba intercalando con palabras como “hueón” o “hueá”. Además dijo que era amigo de Juanito Ayala. Sonó mi teléfono, y era el Alberto. “Vente pa’l Trova, hueón oh, nos estamos tomando unos tintos con frutilla”. “¿Que te pasó qué huéa? Olvídate de las minas hueón, vente pa’ acá, faltai voh no más”, me respondió cuando le conté lo que me había pasado. No tenía ganas de ir, y de que me trataran con lástima, con su sentimentalismo barato basado en el alcohol. Botella vacía, cambio de local.

Al final llegué al Trova, y obviando las preguntas de los tres compañeros que ahí estaban, me dispuse a beber y a esbozar algunos monosílabos en las pocas intervenciones que tuve. Abrí los ojos. Estábamos en las Ruinas, mirando el puerto. No sé cómo llegamos a ese lugar, no lo recuerdo. Me pasaron un caño, bastante mojado por lo demás, al cual le di unas suaves pitadas, esperando que el beso cannábico me llevara lejos de ahí. Bajamos en manada a tomar la micro a Quilpué, pero un inesperado encuentro nos hizo parar. Ahí estaba ella, con dos amigas, tomando un tinto Santa Helena en la escalera. Para todos, que conocían la historia, con algunos detalles más, algunos detalles menos, fue un momento incómodo. La saludé, apenas hilando una frágil frase, inentendible quizás, por mi lengua adormecida por el alcohol.

Tras la fortuita reunión, emprendimos el camino hacia Bellavista. Pero me sentía mal, muy mal. Un retorcijón en el estómago me atacó, e hizo que me doblara en dos. Empecé a regurgitar todo lo consumido en el día, y a la vez expulsando toda la amargura que llevaba conmigo. Aquel impensado vómito me hizo purgar mis penas, limpiando mi ánimo, y mi organismo también. Arriba de la micro, acurrucado en la ventana, aquellos pensamientos volvieron a aparecer en mi cabeza. Súbitamente, suenan los primeros acordes de All You Need is Love, de Los Beatles. Cuán equivocado estaba John Lennon, cuán equivocados estaban Los Beatles: no sólo se necesita amor.

 

Texto Original en www.elmartutino.cl 

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